Jengy era el muñeco de galleta más feliz del mundo. Vivía en una pequeña panadería donde siempre olía a canela y vainilla. Su cuerpo crujiente tenía botones de chocolate y una sonrisa dibujada con azúcar glas. Cada mañana, cuando el sol entraba por la ventana, Jengy se estiraba un poco y sus migas brillaban como si fueran de oro.
Un día escuchó a la pastelera decir:
—Hoy hornearé muchos muñecos de galleta para la fiesta del pueblo.
Jengy sintió una cosquilla de emoción.
—¡Tendré nuevos amigos! —exclamó, aunque nadie parecía oírlo.
Pasó toda la mañana practicando saludos y chistes para que los recién llegados se sintieran bien.
Cuando por fin salieron las nuevas galletas del horno, algunas estaban un poco asustadas.
—¿Y si nos rompen? —susurró una.
—¿Y si nadie nos elige? —preguntó otra.
Jengy se acercó con paso crujiente.
—No tengáis miedo. Cada mordisco es una oportunidad para hacer sonreír a alguien. Eso es nuestro superpoder.
La tarde de la fiesta, los niños entraron corriendo a la panadería. Al ver la bandeja llena de muñecos, sus ojos se iluminaron. Uno a uno fueron eligiendo una galleta, y en cada mano que se cerraba, Jengy sentía que una pequeña chispa de alegría volaba por el aire. Antes de que lo eligieran a él, murmuró muy contento:
—Si todos son felices, yo también lo soy.
Y así, crujiente y sonriente, Jengy siguió siendo el muñeco de galleta más feliz del mundo.
La verdadera felicidad no siempre está en lo que recibimos, sino en lo que damos a los demás. Jengy no era feliz solo porque brillaban sus migas o porque estaba en una panadería calentita; era feliz porque entendía que su misión era hacer sonreír a quienes lo eligieran.
Cuando las otras galletas sintieron miedo, él no pensó solo en sí mismo, sino en cómo ayudarlas a estar tranquilas. Así descubrió que compartir valentía y alegría hace que el miedo se haga más pequeño.
Jengy también nos enseña que no debemos tener miedo a terminar una etapa, porque cada final puede esconder un momento bonito para alguien más. Aunque las galletas fueran a romperse, cada mordisco era una sonrisa nueva en la cara de un niño.
La moraleja es: cuando usamos lo que somos y lo que tenemos para alegrar a los demás, nuestro corazón se llena más que cualquier bandeja de dulces. Ser generoso y pensar en la felicidad de otros es un superpoder que todos podemos tener, incluso sin ser de galleta.

