Aquella tarde, en la escuela, Leo empezó a sentirse raro. Mientras coloreaba un dibujo, se llevó la mano al vientre y frunció el ceño. Mateo, que estaba a su lado, dejó el lápiz enseguida al ver su cara de susto. Poco después, Leo notó una pequeña mancha de sangre en su ropa y se puso muy nervioso.
—Mateo, no me encuentro bien…
—No te preocupes, vamos con la enfermera ahora mismo.
Los dos caminaron deprisa hasta la enfermería. La enfermera los recibió con calma, limpió la herida y revisó a Leo con mucho cuidado. Entonces descubrió que el sangrado venía de un raspón que se había hecho sin darse cuenta en el recreo, cuando tropezó junto al banco del patio. Aunque no era grave, el susto había sido grande.
—Leo, has tenido un golpe y un raspón, pero vas a estar bien.
—Pensé que era algo muchísimo peor —dijo Leo, respirando más tranquilo.
Mateo se quedó a su lado hasta que terminó la revisión, y entre los dos soltaron una risita de alivio. Aquella tarde aprendieron que, cuando algo no está bien, lo mejor es pedir ayuda enseguida. Y también descubrieron que una voz amable y un poco de calma pueden hacer que los grandes sustos se vuelvan mucho más pequeños.
Cuando algo nos asusta o nos duele, no debemos callarlo ni imaginar lo peor solos. Pedir ayuda a un adulto de confianza, como una maestra, la enfermera o la familia, puede hacer que un problema pequeño no se convierta en uno más grande.
Leo aprendió que, aunque el miedo haga que todo parezca terrible, mantener la calma y buscar ayuda enseguida es lo más importante. Mateo enseñó también que ser un buen amigo es acompañar, escuchar y estar cerca cuando alguien nos necesita.
A veces, un susto parece enorme, pero con cuidado, atención y palabras amables, se entiende mejor lo que pasa y todo resulta más fácil. Por eso, la moraleja es esta: hablar a tiempo, pedir ayuda y apoyar a los demás con cariño puede transformar el miedo en tranquilidad.

