En la Ciudad Rodante, las casas tenían ruedas y las farolas giraban como peonzas. Allí vivían los Héroes Gigantes: Rulo la grúa grande, Roca la retroexcavadora y Chispa, el camión de bomberos convertible, que podía hacerse bajito para entrar en cualquier sitio o altísimo para ver por encima de los tejados.
Una mañana, una nube traviesa se quedó atascada en la torre del reloj y empezó a soltar una niebla tan densa que nadie veía por dónde rodar. Los coches pequeños se detuvieron asustados en las calles. Entonces la alcaldesa llamó a los héroes.
—Rulo, Roca, Chispa, ¡la ciudad os necesita! —anunció por los altavoces.
Rulo avanzó haciendo tintinear su gancho brillante.
—Yo sujetaré la torre para que no se mueva nada.
Roca hundió sus grandes palas en el suelo.
—Yo haré un camino seguro para que todos puedan seguir rodando.
Y Chispa estiró su escalera y se hizo altísimo.
—Yo subiré hasta la nube para guiarla lejos de aquí con mi manguera de agua tibia.
Trabajando en equipo, Roca abrió un pasillo impecable en la niebla, Rulo sostuvo la torre para que la nube no la doblara y Chispa, desde lo alto, sopló chorritos de agua que convirtieron la nube en una lluvia suave sobre el parque. La niebla desapareció y la ciudad volvió a brillar. Los niños sacaron sus bicicletas y aplaudieron.
—¡Viva los Héroes Gigantes de la Ciudad Rodante! —gritaron, mientras los tres vehículos se guiñaban los faros, orgullosos y listos para la próxima aventura.
En la Ciudad Rodante todos aprendieron algo muy importante aquel día: nadie es demasiado grande ni demasiado diferente para ayudar a los demás.
Cada héroe tenía una habilidad especial: Rulo era fuerte, Roca era muy hábil y Chispa podía cambiar de tamaño. Si hubieran intentado resolver el problema solos, no lo habrían conseguido tan bien. Pero cuando unieron sus fuerzas y escucharon las ideas de los otros, encontraron la solución perfecta.
La moraleja es que trabajar en equipo nos hace más valientes y más capaces. Cuando compartimos lo que sabemos, cuidamos de los demás y aceptamos la ayuda, los problemas que parecen enormes se vuelven más pequeños.
También nos enseña que las nubes de miedo y confusión, como la niebla de la ciudad, pueden desaparecer si mantenemos la calma, pensamos juntos y ponemos en marcha nuestras mejores cualidades.
Cada niño, como cada vehículo, tiene algo especial que ofrecer. Cuando se usan esos talentos para hacer el bien, la ciudad —o la clase, o la familia— brilla más fuerte, como la Ciudad Rodante después de la lluvia suave en el parque.

