“La princesa Adhara y la canasta de frutas del bosque”

La princesa Adhara tenía una canasta de mimbre que siempre llevaba al bosque. Cada mañana la llenaba con brillantes manzanas rojas, peras jugosas y racimos de uvas moradas. Al entrar entre los árboles, las hojitas susurraban su nombre, porque todos sabían que llegaba la amiga de los animales.

—Buenos días, amigos —decía Adhara, dejando la canasta sobre la hierba.

Entonces aparecían conejitos curiosos, ardillas traviesas, un ciervo tímido y hasta un zorro juguetón. La princesa repartía primero las manzanas, que partía en trocitos iguales. Los conejos las olían felices, y las ardillas las llevaban a sus troncos huecos para compartir con sus familias. Adhara reía al ver cómo se organizaban en fila para no empujarse.

—Ahora, las peras para los más altos —anunciaba.

El ciervo estiraba el cuello y tomaba con cuidado un trozo, mientras los pajaritos picoteaban las uvas que la princesa sujetaba en alto para ellos. Después de comer, jugaban a las escondidas: el zorro contaba, las ardillas se trepaban, los conejos se escondían tras los troncos, y Adhara se cubría con su capa verde, pareciéndose a un arbusto.

Cuando el sol empezaba a bajar, Adhara repartía las últimas uvas, guardando solo una para volver al castillo. Antes de irse, acariciaba a cada animalito.

—Mañana traeré otra canasta llena, para que nadie pase hambre y para seguir jugando juntos.

Los animales la acompañaban hasta el borde del bosque, moviendo colas, orejas y bigotes. Y cada tarde, al ver la canasta de frutas, sabían que volverían la risa, los juegos y el dulce sabor de compartir.

Moraleja:

La verdadera magia no está en la corona de una princesa, sino en su corazón dispuesto a compartir. Adhara no se quedaba con todas las frutas para sí misma: las repartía con justicia, pensando en el tamaño, las necesidades y las habilidades de cada amigo del bosque.

Al hacerlo, aprendió que cuando compartimos lo que tenemos, por pequeño que parezca, el mundo se llena de risas, juegos y amigos sinceros. Nadie pasaba hambre, nadie se quedaba afuera, y hasta la canasta más sencilla se convertía en un tesoro cuando servía para hacer felices a los demás.

La moraleja es que la generosidad atrae cariño verdadero, y que los momentos más dulces no vienen solo del sabor de la fruta, sino de disfrutarla juntos. Si ayudas a que otros estén bien, nunca estarás solo: siempre habrá alguien dispuesto a caminar a tu lado, como los animales acompañaban a Adhara hasta el borde del bosque. Compartir es la mejor forma de multiplicar la alegría.

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