Gustavo, de 15 años, miraba la vieja mecedora del abuelo junto a la ventana. María, de 8, abrazaba una bufanda que aún guardaba su olor, y Ana, de 6, sostenía una fotografía donde los tres aparecían riendo en el jardín. Desde que el abuelo había muerto, la casa parecía más silenciosa.
—Lo echo mucho de menos —dijo María, con los ojos brillantes.
—Yo también —susurró Ana—. ¿Creéis que sabe que pensamos en él?
Gustavo se sentó junto a sus hermanas y recordó algo que el abuelo repetía: que las personas queridas dejan pequeñas luces en el corazón. Entonces propuso plantar unas semillas en el jardín, porque al abuelo le encantaban las flores.
—Cuando crezcan, será como si el abuelo nos saludara cada primavera —dijo Gustavo.
María y Ana sonrieron un poquito. Los tres plantaron las semillas, las regaron con cuidado y, mientras trabajaban juntos, comprendieron que estar tristes era normal, pero que los recuerdos del abuelo siempre podrían acompañarlos.
Cuando perdemos a alguien que queremos, es normal sentir tristeza y echarlo de menos. Pero el amor no desaparece: vive en los recuerdos, en las enseñanzas y en las cosas bonitas que hacemos para recordarlo.
Compartir nuestros sentimientos con la familia o los amigos puede ayudarnos a sentirnos mejor. Igual que las semillas necesitan cuidados para crecer, los recuerdos felices crecen cuando los guardamos con cariño y los compartimos.
Las personas que amamos siempre dejan una luz en nuestro corazón.

