En la canchita del barrio, Tomi apretó los cordones con cuidado porque le dolía un poco el tobillo. Su mamá, sus amigos y hasta el almacenero le decían que descansara, pero él miraba la pelota como quien mira un sueño. No jugaba por ganar una copa ni por escuchar aplausos: jugaba porque el fútbol le encendía el corazón, como una lucecita que no sabía apagarse.
—No lo entienden —susurró Tomi, tocando la pelota con la punta del pie—. Aunque duela, juego por pasión.
El partido empezó y Tomi no corrió como siempre; esta vez escuchó más a su cuerpo y también a sus compañeros. Dio pases cortitos, pensó cada jugada y sonrió cuando la pelota fue de un pie a otro como si todos hablaran el mismo idioma. Entonces su amigo Nico se le acercó.
—Capaz la pasión no es solo aguantar —le dijo—. También es saber cuándo jugar despacito y cuándo parar para volver mejor.
Tomi se quedó pensando. Al terminar, se sentó en el cordón de la vereda, con el tobillo cansado pero el alma contenta. Entendió que amar tanto algo no significa lastimarse por eso, sino cuidarlo para que dure mucho tiempo. Miró la canchita, abrazó la pelota y sonrió.
—Si no juego, siento que me falta una parte de mí —dijo—. Pero si me cuido, voy a poder jugar muchos partidos más.
La moraleja es que la pasión por lo que amamos es algo hermoso, pero no debe hacernos olvidar cuidarnos. Querer mucho jugar, aprender o hacer lo que nos gusta no significa seguir aunque nuestro cuerpo o nuestro corazón nos avisen que necesitan descanso.
Tomi entendió que ser valiente no es aguantar siempre, sino también saber parar, escuchar consejos y encontrar otra manera de seguir. A veces, ir más despacio también es avanzar.
Cuidarse no apaga los sueños: los hace durar más. Cuando aprendemos a escuchar nuestro cuerpo, a pedir ayuda y a tener paciencia, podemos seguir disfrutando de lo que amamos por mucho tiempo.
Amar algo de verdad también es protegerlo, y eso nos incluye a nosotros mismos.

