**La traviesa aventura de Manuel, Vega, Julia, Paula y Javier en el campo**
Era una tarde tranquila en el campo de los abuelos, y Manuel, Vega, Julia, Paula y Javier jugaban cerca de la casa mientras los mayores preparaban la merienda. Antes de entrar, la abuela les advirtió que no se acercaran solos a la piscina. Pero los cinco eran muy curiosos y, cuando nadie los vio, salieron corriendo entre risas hasta el agua brillante.
—¡El último en llegar es un caracol! —gritó Manuel.
Al llegar, Javier dio un gran salto y cayó de bomba en la piscina.
—¡Pum! —dijeron todos, riéndose al ver la enorme salpicadura.
Entonces miraron a Vega, que era la más pequeña. Ella sonrió, pero enseguida dijo:
—Yo no sé nadar.
Sus amigos se quedaron quietos un momento. Julia fue la primera en hablar.
—Entonces no te tires. Vamos a jugar en la orilla.
Pero Vega tropezó al acercarse demasiado al borde, y entre el susto y las prisas, los demás la sujetaron y la levantaron en el aire para apartarla del agua. Vega soltó un chillidito, aunque enseguida vio que solo intentaban ayudarla.
—¡Qué susto me habéis dado! —dijo, llevándose la mano al pecho.
En ese momento llegaron los abuelos, alarmados por el ruido. Al verlos, comprendieron lo ocurrido y los hicieron salir de allí con calma.
—Las travesuras pueden parecer divertidas, pero cerca del agua hay que tener mucho cuidado —dijo el abuelo.
Los cinco bajaron la cabeza, avergonzados. Después, la abuela les propuso otro juego lejos de la piscina, y todos aprendieron que la mejor aventura es la que termina con risas, sin peligros y todos juntos.
La moraleja de esta historia es que la curiosidad y las ganas de divertirse nunca deben estar por encima de la seguridad.
A veces, una travesura parece un juego sin importancia, pero en lugares peligrosos, como una piscina, un pequeño descuido puede causar un gran susto. Escuchar a los mayores no es aburrido: ellos nos cuidan porque saben ver los riesgos antes que nosotros.
También aprendemos que un buen amigo no empuja a los demás a hacer algo que no pueden o no deben hacer. Al contrario, los amigos de verdad ayudan, protegen y buscan una forma segura de seguir jugando juntos.
—La diversión de verdad es la que cuida de todos.
Por eso, antes de correr, saltar o desobedecer, conviene parar un momento y pensar. Si actuamos con cuidado, obedecemos las normas y ayudamos a quien lo necesita, las aventuras siempre podrán terminar con alegría, sin lágrimas y en compañía de quienes más queremos.

