Buenas tardes en el castillo de la Reina Sara. Aquella tarde, el sol pintaba de naranja las torres y en el gran salón olía a tarta de coco recién hecha. Sara estaba con Vampirina cuando llegó Don Román, el primo de Don Ramón, con cara de vergüenza y el sombrero apretado entre las manos.
—He venido a pediros perdón —dijo Don Román en una voz bajita—. Me equivoqué y deseo arreglarlo.
La Reina Sara sonrió con dulzura, y Vampirina dio un pequeño salto de alegría.
—Te perdonamos, Don Román —dijo Sara—. Un corazón sincero siempre merece una nueva oportunidad.
—Sí —añadió Vampirina—. Es mucho mejor compartir merienda que enfados.
En ese momento, apareció el Conde Nosferatu, tan silencioso como una cortina movida por el viento. Todos lo miraron con sorpresa cuando se inclinó y habló muy serio.
—Debo contaros un secreto. El Conde Drácula fingió su fallecimiento para poder estar cerca de la Reina Sara.
Don Ramón, al oír aquello, abrió mucho los ojos y salió corriendo por el pasillo.
—¡Hay que avisar a Olga, a Vampirina y a la Princesa Sofía! —gritó.
Al poco rato, todos estaban reunidos en el salón. Olga llegó con una tetera, la Princesa Sofía con una reverencia elegante, y hasta Drácula apareció detrás de una columna, algo avergonzado.
—No quería asustar a nadie —confesó—. Solo quería volver al castillo y estar con mis amigos.
La Reina Sara lo miró con calma, y luego señaló la mesa.
—Entonces empecemos de nuevo, pero esta vez con la verdad y con tarta de coco.
Y así, entre rebanadas esponjosas, disculpas sinceras y risas suaves, la tarde terminó convertida en una merienda inolvidable. Desde aquel día, en el castillo aprendieron que perdonar, decir la verdad y compartir un buen postre pueden arreglar hasta los misterios más grandes.
La moraleja de este cuento es que decir la verdad y pedir perdón siempre es mejor que esconder los errores.
Don Román fue valiente al reconocer que se había equivocado, y la Reina Sara le enseñó que un perdón sincero puede abrir de nuevo la puerta de la amistad.
También aprendemos que las mentiras o los secretos, aunque se hagan con buena intención, pueden causar confusión y tristeza.
—La verdad une los corazones.
—El perdón cura los enfados.
—Y compartir con cariño hace más felices a todos.
Como en el castillo de la Reina Sara, cuando hablamos con sinceridad, aceptamos nuestros fallos y damos una nueva oportunidad, los problemas pueden resolverse y volver la alegría.
Porque un corazón honesto, una disculpa de verdad y una merienda compartida pueden arreglar hasta el enredo más difícil.

