**Un receso para decir adiós**
A las doce en punto, cuando sonó el timbre del receso, Leo y Mateo entraron al baño de la escuela para hablar de algo que les tenía el corazón apretado. Afuera se oían risas y pasos apurados, pero allí dentro todo parecía más silencioso. Leo tenía los ojos llenos de lágrimas, y Mateo miraba al suelo, con el ceño fruncido y las manos temblorosas.
—Si ya no quieres seguir con nuestra relación, es mejor separarnos y tomar caminos distintos —dijo Leo, con la voz suave y triste.
Mateo tardó unos segundos en responder. Luego levantó la cabeza, todavía molesto, y asintió sin decir mucho más.
—Está bien —contestó, y salió del baño con pasos rápidos.
Leo se quedó solo, llorando bajito, mientras el eco de la puerta parecía repetir la despedida. Después de un rato, se lavó la cara y respiró hondo. Aunque el dolor no desapareció de inmediato, comprendió que a veces decir adiós también es una forma de cuidarse. Y cuando volvió al patio, el sol del mediodía seguía brillando, como si le prometiera que, poco a poco, su corazón volvería a estar en calma.
A veces, querer mucho a alguien no significa que debamos quedarnos donde ya no somos felices. Decir adiós puede doler, pero también puede ser una forma de cuidarnos y de respetar lo que sentimos.
Cuando una amistad o una relación nos hace sentir tristeza constante, enojo o confusión, hablar con sinceridad es mejor que seguir fingiendo. Ser valiente no siempre es quedarse; a veces, ser valiente es aceptar que cada uno necesita seguir su propio camino.
Leo entendió que llorar no lo hacía débil, sino humano. Y también descubrió que, aunque una despedida lastime, el tiempo, el cariño de los demás y la calma ayudan a sanar el corazón.
La moraleja es que debemos escuchar nuestros sentimientos, hablar con respeto y recordar que cerrar una etapa también puede abrir la puerta a días mejores.

