“Martina y Gaspar: Un Mundo de Colores Invisibles”

Martina veía el mundo como un puzzle de detalles: las sombras tenían formas de animales, las luces sonaban a campanas y las telas suaves le hacían cosquillas en los dedos. Gaspar, su mejor amigo, escuchaba los colores: el rojo le sonaba a tambor, el azul a susurro, y el amarillo a risa. A veces la gente no entendía por qué se tapaban los oídos o miraban fijamente una esquina, pero a ellos no les importaba: eran exploradores de cosas que otros no veían. Ambos eran niños tea y su forma de sentir era su superpoder secreto.

Un día, en el patio del cole, Martina señaló el cielo.
—Hoy el azul suena diferente —murmuró—. Como si estuviera triste.
Gaspar cerró los ojos para escuchar mejor.
—No está triste —respondió—. Está… preocupado. Creo que se le han perdido algunos colores.
Martina recordó su caja de lápices, la que siempre llevaba en la mochila, y sonrió.
—Entonces vamos a buscarlos.

Se escondieron detrás del tobogán, su “base secreta”. Martina sacó los lápices y empezó a dibujar sobre una cartulina en blanco. Gaspar le iba diciendo lo que escuchaba.
—Ese verde suena a hojas que bailan, ponlo aquí.
—Y este morado huele a noche tranquila, arriba del todo.
Cada trazo parecía llenar el aire de cosas invisibles: sus compañeros sentían ganas de reír sin saber por qué, la profe se quedó un momento callada, escuchando algo que no podía explicar.

Cuando terminaron, el dibujo brillaba como si guardara dentro un pedacito de cielo. Martina acarició el papel.
—Creo que hemos encontrado los colores perdidos.
Gaspar asintió muy serio.
—Y ahora todos pueden sentirlos, aunque no los vean.
La profe se acercó despacio.
—Es el dibujo más especial que he visto —dijo—. ¿Cómo lo habéis hecho?
Martina y Gaspar se miraron y, al mismo tiempo, respondieron:
—Con nuestro mundo de colores invisibles. Y estáis invitados a entrar cuando queráis.

Moraleja:

A veces, las cosas más especiales no se ven a simple vista, pero se sienten muy dentro, como un secreto suave en el corazón. Martina y Gaspar miraban y escuchaban el mundo de una forma distinta, y eso no era un problema, sino un regalo.

Cada persona tiene su propio modo de sentir: algunos escuchan fuerte, otros miran en silencio, otros tocan despacito. Cuando aprendemos a respetar esas diferencias, el mundo se llena de colores nuevos que antes no conocíamos.

No hace falta entenderlo todo para acompañar a alguien. A veces basta con escuchar, observar y preguntar con cariño. Así, lo que parecía raro se convierte en algo maravilloso.

La próxima vez que veas a alguien que se tapa los oídos, mira al vacío o necesita un rincón tranquilo, recuerda: quizá esté viendo un cielo que tú aún no has descubierto.

Y, si le dejas espacio y le tratas con respeto, tal vez te invite a entrar en su mundo de colores invisibles… y descubras que también tú tienes un superpoder que todavía no conoces.

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