Bajo una tarde gris, la lluvia caía sin descanso sobre la ciudad. Las gotas golpeaban los techos, las ventanas y las hojas de los árboles, formando pequeños ríos que corrían por las aceras.
En medio de aquella lluvia, un gatito negro temblaba junto a una farola. Estaba empapado, con el pelito pegado al cuerpo y las patitas frías. Sus grandes ojos amarillos miraban a todos lados, buscando ayuda.
—Miau… miau… tengo hambre… tengo frío… —maullaba el gatito, con una vocecita triste.
Los coches pasaban deprisa, las personas abrían sus paraguas y seguían su camino. Nadie parecía escuchar sus maullidos.
—Miau… miau… ¿alguien me ayuda? —insistía el gatito, cada vez más cansado.
La lluvia caía más fuerte y el gatito se hizo un pequeño ovillo para intentar entrar en calor. Empezaba a perder la esperanza cuando, de pronto, unos pasitos ligeros se acercaron.
Era una niñita de ojos brillantes y cabello recogido en dos coletas, que caminaba junto a su mamá. Llevaba un impermeable amarillo y unas botas rojas que chapoteaban en los charcos.
—Mamá, espera —dijo la niña, señalando al gatito—. Mira, un gatito negro.
La niña se agachó despacio para no asustarlo.
—Pobre gatito… estás solito y mojado —susurró.
El gatito la miró, asustado pero esperanzado.
—Miau… tengo hambre… tengo hambre… —dijo, casi en un susurro gatuno.
La niña sintió un apretoncito en el corazón.
—Mamá, me da mucha pena. ¿Puedo llevarlo a casa? Lo cuidaré mucho, lo prometo.
La mamá observó al gatito, que temblaba y la miraba con dulzura.
—Está muy chiquito —respondió—. Pero si lo cuidamos bien, puede quedarse con nosotras.
Los ojos de la niña brillaron de alegría. Con cuidado, tomó al gatito en brazos.
—Ven conmigo, gatito. Yo te cuidaré.
El gatito sintió el calor de los brazos de la niña y dejó escapar un maullido suave.
—Miau… gracias.
Corrieron bajo la lluvia hasta llegar a su casa. Al entrar, la mamá trajo una toalla suave.
—Vamos a secarte, pequeño —dijo la niña—. No te preocupes, ya estás a salvo.
Entre las dos lo secaron con cuidado, hasta que su pelito negro quedó esponjoso. El gatito empezó a ronronear, feliz.
—Escucha, mamá, está haciendo un ruidito —dijo la niña, sorprendida.
—Está ronroneando. Eso significa que está contento.
Después, la mamá puso un platito con leche templada y otro con comida para gatitos.
—Toma, come despacio, que debías de tener mucha hambre —dijo la niña.
El gatito se acercó, olió la comida y empezó a comer con entusiasmo.
—Miau, qué rico… —parecía decir mientras llenaba su pancita.
Cuando terminó, la niña lo llevó a su habitación. Tenía una camita pequeña para muñecos, con una mantita suave.
—Puedes dormir aquí, gatito —explicó—. Será tu nueva camita.
El gatito dio unas cuantas vueltas sobre la mantita y se tumbó, cómodo y calentito. Miró a la niña con gratitud.
—Te voy a poner un nombre —pensó la niña en voz alta—. Como eres negrito y dulce, te llamarás Noche.
—Miau —respondió el gatito, contento con su nuevo nombre.
Pasaron los días, y Noche y la niña se hicieron los mejores amigos. Jugaban con pelotitas de lana, corrían por el pasillo y se escondían detrás de las cortinas. Cuando la niña hacía sus deberes, Noche se acurrucaba a su lado, ronroneando sin parar.
Por las noches, cuando afuera llovía y se escuchaba el murmullo de las gotas en el tejado, Noche recordaba aquel día en que estaba solito bajo la lluvia. Entonces miraba a su amiga, que dormía tranquila, y se acercaba a su almohada.
—Miau… gracias por encontrarme un hogar —parecía decir.
La niña, medio dormida, estiraba la mano y acariciaba su pelito negro.
—Siempre estaremos juntos, Noche —murmuraba—. Eres mi mejor amigo.
Y así, el gatito negro que un día estuvo solito bajo la lluvia, encontró una casa llena de calor, comida y cariño. Nunca más volvió a pasar frío ni hambre, porque ahora tenía algo muy importante: una familia que lo quería con todo el corazón.
Y desde entonces, cada vez que llovía, Noche se sentaba en la ventana, miraba las gotas caer y pensaba:
—Miau… ahora la lluvia ya no da miedo, porque tengo un hogar.
Y fueron los mejores amigos para siempre.
A veces, los corazones más pequeños tienen el valor más grande.
La niña podría haber seguido caminando bajo la lluvia, como todos los demás, pero decidió detenerse y escuchar el suave maullido de Noche. Gracias a ese gesto, el gatito dejó de sentir frío y soledad, y descubrió lo que era tener una familia.
La moraleja de esta historia es que ayudar a los que lo necesitan, aunque sean pequeños o diferentes, puede cambiarles la vida… y también la nuestra.
Cuando prestamos atención a lo que nos rodea y tratamos con cariño a los animales y a las personas, el mundo se vuelve un lugar más cálido, como la casa de la niña para Noche.
Un simple acto de bondad, como compartir un poco de calor, comida o compañía, puede convertir un día gris en el comienzo de una hermosa amistad.

