En el circo Cirorirí todo olía a palomitas y algodón de azúcar. En el centro de la carpa, bajo una luz brillante, estaba Hugo, el famoso cuenta chistes del pueblo. Tenía un sombrero rojo con lunares amarillos y una nariz redonda como una canica. De pronto, se acercó un niño llamado Ray, con una libreta llena de ideas graciosas que nunca salía de su bolsillo.
Hugo miró al público y dijo su mejor chiste del día.
—¿Qué le dice un techo a otro? Techo de menos.
La gente estalló en carcajadas, aplaudiendo sin parar. Pero Ray se quedó serio, pensando. Hugo lo notó y le guiñó un ojo.
—Parece que aquí hay un experto en chistes —dijo señalando a Ray—. ¿Te atreves a una batalla de chistes?
Ray asintió, un poco nervioso, pero decidido.
Comenzó la Gran Batalla de Chistes en el Circo Cirorirí.
—¿Qué hace una abeja en el gimnasio? —preguntó Ray.
—¿Qué? —respondió el público al unísono.
—¡Zum-ba!
Las risas se escucharon hasta la carpa de los elefantes. Hugo no se rindió.
—¿Y qué hace una vaca en un terremoto?
—¿Qué?
—¡Leche agitada!
Los aplausos eran cada vez más fuertes. Uno y otro contaban chistes sin parar: de animales, de objetos parlantes, de escuelas y de payasos distraídos.
Al final, el director del circo levantó las manos pidiendo silencio.
—El ganador es… ¡Hugo y Ray!
El público se sorprendió.
—Los dos han ganado —continuó—, porque un buen chiste es mejor cuando se comparte.
Hugo abrazó a Ray.
—Eres un excelente cuenta chistes. ¿Quieres venir todos los días al circo a hacer reír conmigo?
Ray sonrió, orgulloso. Desde entonces, el Circo Cirorirí fue conocido como el circo más divertido del mundo, donde la risa siempre se hacía en equipo.
En el Circo Cirorirí todos aprendieron que la risa crece cuando se comparte. Hugo y Ray descubrieron que no hacía falta competir para saber quién era el mejor, porque al unir sus chistes hicieron reír a mucha más gente.
La verdadera magia no estaba en ganar un premio, sino en disfrutar juntos, escucharse y respetar las ideas del otro. Ray se atrevió a salir de su bolsillo, igual que sus chistes, y venció su timidez con valentía. Hugo, en vez de sentir celos, lo apoyó y le abrió un lugar a su lado.
Así entendieron que el talento no se guarda ni se esconde: se comparte. Y cuando alguien es bueno en algo, no debe usarlo para humillar, sino para invitar a otros a brillar también.
Moraleja: La risa es más grande cuando se comparte, y el verdadero triunfo está en hacer equipo, respetar el talento de los demás y atreverse a mostrar lo que llevamos dentro.

