Había una vez una niña llamada Ella que vivía en una casita pequeña, alegre y llena de amor, a la que todos llamaban la Casita del Amor. En las paredes había dibujos de colores y, cada tarde, Ella hacía videollamadas con su abuela para enseñarle sus flores, sus juguetes y las nubes con forma de conejo. La casita parecía sonreír cuando escuchaba sus risas.
Un día, mientras Ella hablaba por videollamada, el cielo se puso gris y el viento comenzó a soplar con fuerza. Entonces apareció un lobo grande entre los árboles. No venía a jugar: corría tan deprisa que, sin mirar, chocó contra la casita y tumbó una parte del tejado. Asustada, Ella salió al jardín con mucho cuidado.
—¡Mi casita!
De pronto, una corriente de agua bajó por el camino como un arroyo desbocado. El lobo, que había seguido corriendo, resbaló y desapareció entre la lluvia y la espuma del agua. Ella se quedó muy quieta, y su abuela, al otro lado de la pantalla, le habló con voz serena.
—Ella, ven a un lugar alto y seguro.
Ella obedeció enseguida. Los vecinos llegaron con mantas, tablas y faroles, y cuando pasó la tormenta, entre todos arreglaron la casita. Desde entonces, Ella aprendió que el amor también construye de nuevo lo que el viento derriba. Y cada vez que hacía una videollamada, miraba las nubes y susurraba agradecida:
—Mi casita sigue llena de amor.
La moraleja de este cuento es que, cuando llegan los problemas, no estamos solos si sabemos escuchar, pedir ayuda y actuar con calma.
Ella sintió miedo al ver su casita dañada, pero hizo algo muy importante: obedeció a su abuela y buscó un lugar seguro. Gracias a eso, estuvo protegida.
—A veces, ser valiente no es quedarse quieto, sino hacer caso a quien nos cuida.
También aprendemos que la fuerza no siempre gana. El lobo corría sin cuidado y terminó perdiéndose en la tormenta, mientras que Ella, con prudencia y la ayuda de los demás, pudo salir adelante.
—El amor de la familia, la unión de los vecinos y la calma en los momentos difíciles pueden levantar de nuevo lo que parece roto.
Por eso, esta historia nos enseña que una casa no solo se sostiene con paredes y tejado, sino también con cariño, ayuda y esperanza.

