Lucía tenía quince años más que Adam, pero cuando él llegaba corriendo con sus zapatillas luminosas, ella sentía que ambos tenían la misma edad: la de las aventuras. Adam la llamaba Lulú y creía que sabía hablar con las estrellas, porque Lucía siempre encontraba una historia para cada noche.
—Mira, Adam: esa estrella grande es la que cuida los sueños de los primos.
Adam levantó la cabeza hacia el cielo y apretó la mano de Lucía. Ella le contó que, aunque crecieran y vivieran días muy distintos, existiría un hilo brillante entre ellos, como un lazo hecho de luz. Ese lazo guardaría las risas, los dibujos con pegatinas, los abrazos y las meriendas compartidas.
—¿Y si un día no puedo verla? —preguntó Adam.
—No importa —respondió Lucía—. Las estrellas siguen ahí aunque las nubes las escondan. Igual que mi cariño por ti.
Desde entonces, Adam buscaba una estrella cada vez que extrañaba a su prima. Y Lucía, al mirar el cielo, sonreía pensando que aquel pequeño lazo de estrellas era uno de los tesoros más bonitos de su vida.
La familia y el cariño verdadero son como las estrellas: aunque a veces no podamos verlos, siempre están ahí.
Las diferencias de edad no importan cuando compartimos juegos, historias, abrazos y buenos momentos. Cada recuerdo bonito crea un lazo especial que une los corazones.
Por eso, debemos cuidar a quienes queremos y recordar que el amor de la familia puede acompañarnos incluso en los días nublados.

