Sofía, Chloe y Vega llegaron a la playa el primer día de verano con cubos, palas y una sombrilla enorme de colores. El mar brillaba como un espejo azul, y las tres amigas corrieron descalzas por la arena, dejando huellas que las olas borraban con suavidad.
—¡Construyamos un castillo para las gaviotas! —propuso Vega.
Trabajaron juntas toda la mañana: Sofía hizo las torres, Chloe decoró las paredes con conchas y Vega cavó un pequeño foso que se llenó de agua. Cuando una ola más grande derribó una parte del castillo, Chloe se puso un poco triste, pero sus amigas la abrazaron enseguida.
—No importa si se cae; lo importante es que lo hicimos juntas —dijo Sofía.
Al atardecer, compartieron fruta fresca, miraron el cielo pintarse de naranja y prometieron volver al día siguiente. Aquel verano comprendieron que, junto al mar, los castillos podían desaparecer, pero su amistad era tan fuerte como la arena bajo sus pies.
La verdadera felicidad no está en que todo salga perfecto o dure para siempre, sino en compartir momentos con las personas que queremos.
Si algo se rompe o no resulta como esperábamos, podemos ayudarnos, animarnos y volver a intentarlo juntos. La amistad hace que hasta un castillo de arena derribado se convierta en un recuerdo bonito.

