En el gran palacio de los jardines brillantes, la Reina Sara celebraba una merienda tranquila bajo los naranjos. Sobre la mesa había copas de helado de chocolate ?, platos de fresas, uvas y rodajas de plátano. Fee, que era una traviesa mascotita alada, revoloteaba de un lado a otro con los ojos muy abiertos, atraída por el perfume dulce de la reina. De pronto, dio un salto torpe hacia su cuello, no por maldad, sino porque creyó ver allí un lazo de caramelo.
—¡Ay, Fee, qué susto me has dado!
Don Ramón, que ordenaba las cucharitas de plata, abrió mucho los ojos al ver aquella escena y salió corriendo por el corredor de azulejos para pedir ayuda. Encontró enseguida a Vampirina, a Olga, la tía de Vampirina, y a la Princesa Sofía, que estaban eligiendo flores para un jarrón.
—¡Vengan pronto! ¡Fee ha asustado a la Reina Sara en plena merienda!
Las tres llegaron sin perder un minuto. Vampirina se agachó con dulzura junto a Fee, Olga alzó un dedito con calma de tía sabia, y la Princesa Sofía ofreció a la pequeña traviesa una brocheta de frutas.
—Fee, los cuellos no son caramelos.
—A veces los sustos se curan mejor con paciencia que con regaños.
—Mira, Fee: hay fresas, melocotón y uvas para ti.
Fee bajó las orejitas, comprendió su error y dio una pirueta de disculpa. La Reina Sara sonrió, le acomodó el lacito y todos se sentaron de nuevo a la mesa. Entre cucharadas de helado de chocolate y bocados de fruta, la tarde volvió a llenarse de risas. Y desde aquel día, Fee aprendió que, antes de lanzarse a una aventura, siempre era mejor mirar dos veces… sobre todo a la hora de la merienda.
La moraleja de este cuento es que no siempre hacemos daño por maldad: a veces nos equivocamos por ir demasiado deprisa o por no mirar bien. Fee aprendió que antes de actuar conviene detenerse un momento, observar y pensar.
También enseña que, cuando alguien comete un error, los regaños no siempre son la mejor solución. La paciencia, la dulzura y la ayuda de los demás pueden enseñar mucho mejor que el enfado. Vampirina, Olga y la Princesa Sofía no gritaron a Fee: la guiaron con cariño para que entendiera lo que había hecho.
Por eso, esta historia nos recuerda dos cosas importantes: mirar bien antes de lanzarnos a hacer algo, y corregir con amor cuando otro se equivoca. Así, los errores se convierten en aprendizajes y la amistad vuelve a llenar todo de alegría.

