**El Puente de las Lucecitas**
Había una vez, en un cielo donde los mensajes se volvían lucecitas, un niño de Perú y una niña de Guayaquil que empezaron a escribirse sin imaginar lo bonito que vendría después. Cada palabra que enviaban subía despacito al aire y se quedaba brillando, hasta formar un caminito de luz entre los dos.
—¿Sigues ahí? —preguntaba ella, mirando las estrellitas encenderse.
—Siempre, chata —respondía él, y una lucecita más dorada que las otras aparecía en el cielo.
A veces conversaban tanto que la noche parecía una fiesta de luciérnagas. Otras veces se quedaban en silencio, mirando el mismo cielo desde lugares distintos, y ese silencio también era una forma de acompañarse.
—Oye… ¿quién manda aquí? —preguntó ella una tarde, jugando.
—Tú, cuando te haces la difícil… y yo, cuando te hago reír —contestó él.
Entonces las lucecitas titilaron tan contentas que parecían aplaudir. Con el tiempo, ya no solo cruzaban el cielo: también se quedaban flotando entre ellos, como un puente suave y brillante.
—Cuando te vea, te voy a dar un abrazo enorme —dijo él.
—¿Y si me escapo? —preguntó ella, riendo.
—No te escapas, porque te vas a quedar a ver qué pasa después.
Y así siguieron, sin prisa y sin irse, construyendo su puente de lucecitas con cariño, paciencia y ternura. Porque a veces los caminos más bonitos no se hacen con pasos, sino con palabras que brillan.
La moraleja de El Puente de las Lucecitas es que la amistad y el cariño verdadero pueden crecer aunque las personas estén lejos. Cuando hablamos con amor, paciencia y sinceridad, nuestras palabras se vuelven como pequeñas luces que unen corazones.
No siempre hace falta estar cerquita para acompañar a alguien.
—Una palabra amable puede iluminar el día de otra persona.
También nos enseña que escuchar, esperar y compartir momentos, incluso en silencio, es una forma muy bonita de querer. Las relaciones más especiales no se construyen de golpe, sino poquito a poquito, con respeto, alegría y ternura.
—Los puentes más fuertes a veces no son de piedra, sino de confianza.
Por eso, este cuento nos recuerda que cada mensaje bueno, cada risa y cada gesto cariñoso puede acercarnos más a quienes queremos. Si sembramos luz en nuestras palabras, podemos crear puentes maravillosos que ni la distancia puede apagar.

