Érase una vez un niño llamado Derek al que le encantaban las matemáticas. Al volver a casa, hacía sus deberes y después jugaba con sus muñecos y peluches. Le daba un poco de vergüenza contárselo a otros niños, porque temía que se burlaran de él. Pero su mamá siempre le decía:
—No debes avergonzarte de lo que te hace feliz, Derek.
Una noche, Derek olvidó coger su cuaderno del salón y regresó a buscarlo. Entonces vio algo increíble: sus muñecos se movían, caminaban y hablaban entre ellos. Derek los miró asombrado, y ellos lo miraron con grandes sonrisas de tela.
—¡Esto es un sueño hecho realidad! —dijo Derek.
Los muñecos y Derek se hicieron grandes amigos. De repente, uno de los peluches señaló el reloj.
—¡Ya son las tres de la mañana!
En ese instante se abrió un portal brillante. Al otro lado había una isla hermosísima, con tres arcoíris por los que paseaban unicornios. También había un volcán rodeado de nubes suaves y dragones amistosos. Para que Derek no se mareara al cruzar, los muñecos le echaron un poquito de polvo de hadas.
Derek visitó aquel mundo maravilloso, pero sabía que debía volver a casa. Sus peluches le explicaron que, con los rayos del sol, dejaban de tener vida, pero cuando salía la luna despertaban de nuevo. Desde entonces, Derek vivió muchas aventuras nocturnas con ellos y, en Navidad, recibían la visita de unos alegres elfos viajeros.
La moraleja de este cuento es que no debemos sentir vergüenza por las cosas que nos gustan, aunque sean diferentes a las de los demás. Derek descubrió que sus muñecos y peluches podían llevarlo a aventuras maravillosas porque se atrevió a quererlos tal como eran.
Cada persona tiene aficiones especiales: a algunos les encantan las matemáticas, a otros dibujar, leer, jugar o inventar historias. Lo importante es que aquello que nos hace felices también puede enseñarnos, ayudarnos a imaginar y hacernos sentir bien.
Ser uno mismo es una gran aventura.

