Cuando Martina llegó al mundo, yo aún no sabía muy bien cómo ser mamá. Tenía un cuaderno lleno de consejos, pero ningún manual explicaba qué hacer cuando un pequeño ser te mira como si fueras su planeta entero. La primera noche, mientras ella dormía, susurré muy bajito:
—Hola, Martina, estoy en construcción, ¿me ayudas?
Ella respondió con un ronquido diminuto y yo decidí que, por ahora, esa sería nuestra forma de decir “sí”.
Cada día era una aventura nueva. El salón se convirtió en selva, con mantas-montañas y cojines-rocas. La cocina era laboratorio de papillas mágicas que a veces terminaban volando. Cuando algo salía distinto de lo que planeaba, respiraba hondo y decía en voz alta:
—Mamá en construcción… ¡reiniciando misión!
Martina aplaudía, convencida de que formaba parte de un juego secreto.
Empecé a descubrir que ser mamá no era saberlo todo, sino aprender con ella. Cuando Martina daba un paso y caía, yo corría, la levantaba y le decía:
—¿Probamos de nuevo, valiente?
Y, sin darme cuenta, esas palabras también eran para mí. Si un día me sentía torpe o cansada, recordaba que las mamás en construcción también pueden caer y levantarse.
Una noche, mientras le leía un cuento, Martina me abrazó el cuello con sus brazos chiquitos.
—Mamá —murmuró medio dormida—, me gusta mi vida contigo.
Yo sonreí, con el corazón haciendo cosquillas. Tal vez no tuviera casco ni herramientas brillantes, pero entendí algo importante: mi obra más bonita no era “ser la mamá perfecta”, sino construir, junto a ella, nuestro pequeño gran mundo. Cada abrazo, cada canción desafinada y cada historia antes de dormir eran los ladrillos que lo sostenían. Y así seguimos: Martina y yo, dos aventureras, creciendo juntas día a día.
Ser mamá, como ser niño, es una construcción que se hace poco a poco, con paciencia, cariño y muchos intentos.
No existen mamás perfectas ni hijos perfectos, solo corazones que aprenden juntos cada día. Equivocarse no es un desastre: es una oportunidad para volver a intentarlo, igual que cuando se cae una torre de bloques y la levantas de nuevo, esta vez más alta y más fuerte.
Cuando algo no sale como esperabas, puedes decirte:
—Estoy en construcción… ¡reiniciando misión!
Y respirar hondo, sonreír y probar otra vez. Porque el amor no se mide por lo bien que haces las cosas, sino por las ganas de estar, acompañar y seguir intentándolo.
Recuerda: lo más importante no es tenerlo todo bajo control, sino construir, junto a quienes quieres, un pequeño gran mundo hecho de abrazos, juegos, cuentos antes de dormir y perdones sinceros.
Las caídas pasan. Lo que queda son las manos que te levantan y las voces que te dicen:
—¿Probamos de nuevo, valiente?

