Desde pequeña, Luna llenaba sus cuadernos con garabatos y palabras sueltas. Le encantaba imaginar dragones tímidos, gatos que sabían leer y nubes que hacían cosquillas, pero sentía que no tenía mucha experiencia para convertir todo eso en cuentos de verdad. Una tarde, mientras hojeaba un libro ilustrado, murmuró con un suspiro:
—Me gusta hacer cuentos cortos… o al menos intentarlo. ¡Me encantaría aprender!
En ese instante, una lucecita salió de entre las páginas y comenzó a revolotear frente a su nariz. Era una diminuta hada con gafas redondas y una pluma más grande que ella.
—Yo puedo ayudarte —dijo el hada—. Me llamo Coma, guardiana de los primeros pasos en el mundo de los cuentos.
—¿De verdad puedes enseñarme, aunque todavía no sepa mucho? —preguntó Luna, abriendo los ojos como platos.
—Claro. Para empezar, solo necesitas tres cosas: un personaje, un problema y un final esperanzador.
Luna pensó unos segundos y empezó a hablar en voz alta, como si estuviera contando un secreto.
—Mi personaje será un dragón que no sabe volar. El problema es que quiere alcanzar una estrella para regalarla a su mejor amiga. Y el final… el final será que descubre que no hace falta volar alto para brillar, porque la estrella puede ser una linterna en forma de estrella.
—¡Perfecto! —aplaudió Coma, dejando caer destellos brillantes—. Ya tienes tu primer cuento. No hace falta que sea largo, solo sincero.
Luna sonrió y se sentó a escribir, línea tras línea, sin tener miedo a equivocarse. Mientras lo hacía, el hada se acomodó en el borde del cuaderno.
—¿Sabes cuál es el secreto? —susurró Coma—. Cada cuento que escribes es también un pasito que das tú.
—Entonces seguiré escribiendo muchos cuentos cortos —respondió Luna—, para aprender a caminar, correr… ¡y quizá un día, volar entre historias!
Nunca eres demasiado pequeño ni sabes “demasiado poco” para empezar a crear algo grande. Igual que Luna, puedes comenzar con ideas sencillas: un personaje, un problema y un final que dé esperanza. Lo importante no es que el cuento sea perfecto ni muy largo, sino que lo escribas con sinceridad y te animes a intentarlo.
Cada vez que te atreves a inventar una historia, dibujar un garabato o probar algo nuevo, das un paso más en tu propio camino. Al principio quizá te equivoques, borres mucho o sientas que no sabes cómo seguir, pero justamente así es como se aprende.
La verdadera magia no está solo en las hadas, los dragones o las estrellas, sino en tu valentía para empezar y continuar, aunque tengas dudas. Como el dragón de Luna, no necesitas volar muy alto para brillar: a veces, tu “estrella” puede ser una pequeña linterna hecha con tus propias manos.
Moraleja: Cada intento sincero es un pasito que te hace crecer. Empieza donde estás, con lo que tienes y lo que sabes hoy, y paso a paso descubrirás que tú también puedes volar entre historias.

