Betiana y el baile del corazón
Betiana daba vueltas y vueltas, y el corazón le sonaba como un tamborcito alegre. Cada paso parecía seguir el murmullo del viento que entraba por la ventana.
—Escuchame, corazón —susurró mientras giraba—, marcame el compás.
Y entonces lo sintió clarito: pum-pum, pum-pum. Era como si dentro suyo viviera una orquesta diminuta que le indicaba cuándo saltar, cuándo estirarse, cuándo quedarse quieta respirando luz.
Desde el sillón, la abuela Nidia miraba en silencio, con los ojos brillantes.
—Bailás hermoso, Beti —dijo al fin—. ¿Sabés por qué?
Betiana se detuvo, un poco agitada.
—Porque practico mucho, abuela.
—También —rió Nidia—, pero sobre todo porque dejás bailar a tu corazón. Tus pies siguen lo que él siente, y por eso todo se ve tan verdadero.
Betiana volvió al rayito de sol y levantó los brazos como si abrazara el cielo. Imaginó un gran teatro, cortinas rojas y muchas personas aplaudiendo. Pero no le dio vergüenza, porque recordó las palabras de su abuela.
—Corazón, bailá conmigo —dijo, cerrando los ojos.
Entonces, cada plié fue un suspiro, cada giro fue una caricia de viento, y cada salto se sintió como volar un poquito más alto que antes.
Cuando mamá Cecilia apareció en la puerta para avisar que ya era hora de irse, encontró a Betiana haciendo una reverencia perfecta.
—¡Qué función más linda te diste hoy! —aplaudió la mamá.
La abuela se acercó y besó la frente de Betiana.
—No importa dónde estés, Beti —le dijo—. Siempre que escuches tu corazón, vas a tener un escenario secreto solo para vos.
Betiana abrazó fuerte a su abuela y pensó que, desde ese día, cada latido sería una invitación a seguir bailando por dentro y por fuera.
Moraleja:
A veces creemos que lo más importante es practicar mucho y hacerlo todo perfecto, pero lo que de verdad ilumina lo que hacemos es el cariño que le ponemos.
Cuando escuchamos a nuestro corazón, nuestros movimientos, nuestras palabras y nuestros sueños se llenan de verdad, aunque nadie nos esté mirando. Un escenario puede ser un gran teatro con luces y aplausos, o un rayito de sol en el piso de tu casa: lo que lo convierte en algo especial es lo que sentís por dentro.
No hace falta ser el mejor ni ganar premios para brillar. Basta con ser sincero con uno mismo, animarse a sentir y dejar que el corazón marque el compás. Así, cada paso que des —bailando, jugando, estudiando o ayudando a otros— se vuelve único y valioso.
Escuchar tu corazón no es hacer siempre lo que querés, sino prestar atención a lo que te hace bien y te hace crecer. Cuando lo haces, llevás contigo un escenario secreto a todos lados, donde podés ser auténtico, valiente y feliz, sin miedo a equivocarte.

