En medio de un bosque tropical lleno de lianas y flores de todos los colores, vivía Lila, una niña curiosa que lo observaba todo con su tablet. Una tarde, mientras perseguía mariposas azules que parecían cometas en miniatura, la pantalla de la tablet se iluminó con un mapa brillante. Un puntito verde parpadeó sobre unas palabras extrañas: “Bosque travieso de los pantalones andantes y los bloques saltarines”. Lila sintió un cosquilleo de emoción y decidió seguir el mapa.
Al cruzar un arco de hojas, oyó un extraño “¡tac-tac-tac!”. Eran unos pantalones caminantes, de todos los colores y tallas, que avanzaban como si llevaran pasos de baile. Algunos rodaban balones por delante, otros los cabeceaban como si fueran futbolistas sin cuerpo. Lila se escondió tras un árbol, sorprendida, hasta que uno de los pantalones la saludó con una patadita suave al balón, invitándola a jugar. Ella respondió con una risita y un pase perfecto.
De repente, el suelo comenzó a botar. Aparecieron bloques saltarines con orejas largas y blanditas que se movían como antenas traviesas. Cada vez que caían al suelo hacían un “boing” musical. Uno de ellos se acercó a Lila y habló con voz juguetona:
—Si saltas con nosotros, el bosque te mostrará su secreto.
Lila dejó la tablet en la hierba y empezó a saltar sobre los bloques; cada salto encendía lucecitas en las flores, que se abrían dejando salir mariposas de mil colores.
El bosque entero se convirtió en un juego: los pantalones andantes marcaban el ritmo con los balones, los bloques orejudos ponían la melodía con sus saltos, y las flores y mariposas formaban un arcoíris viviente. Cuando el sol comenzó a caer, Lila recogió su tablet, que ahora mostraba un mensaje:
—Vuelve siempre que quieras jugar sin miedo a equivocarte.
Ella sonrió, se despidió con la mano de los pantalones y de los bloques saltarines, y pensó que, desde aquel día, el mejor videojuego del mundo vivía dentro del bosque travieso.
A veces, lo más divertido no está en una pantalla, sino justo delante de nosotros. Lila descubrió que el bosque podía ser más emocionante que cualquier videojuego, porque allí podía correr, saltar, equivocarse y volver a intentarlo sin miedo.
Cuando dejó la tablet a un lado y se atrevió a jugar con los pantalones andantes y los bloques saltarines, el bosque le mostró su secreto: la imaginación convierte cualquier lugar en un mundo mágico. Solo hace falta decidir participar.
La moraleja es que la tecnología puede ser muy útil y entretenida, pero no debe reemplazar nuestras aventuras reales. Jugar al aire libre, hacer amigos nuevos, mover el cuerpo y usar la fantasía nos ayuda a aprender, a ser valientes y a sentirnos más felices.
Si te atreves a mirar más allá de la pantalla, descubrirás que tú también puedes crear tu propio “videojuego” en la vida real, donde los errores no son fallos, sino pasos para aprender y divertirse aún más.

