En un barrio pequeño vivía don Ernesto, un empresario que siempre caminaba deprisa mirando su reloj. Un día, al pasar frente a una casa muy humilde, vio a una niña arreglando una bicicleta vieja con las manos manchadas de grasa. La niña sonreía a pesar de todo. Intrigado, se detuvo por primera vez en mucho tiempo.
—Hola, soy Ernesto. ¿Por qué sonríes tanto si esa bicicleta parece no funcionar?
—Porque algún día la arreglaré y podré ir a la escuela en ella —respondió la niña—. Yo siempre apuesto por la esperanza.
Esas palabras se le quedaron grabadas. Al día siguiente, don Ernesto regresó y llamó a la puerta. Salieron la niña, su hermano pequeño y su madre, preocupada. Él respiró hondo y decidió hacer algo distinto a solo mirar el reloj.
—Quiero ayudar —dijo con voz firme—. Repararé la casa, les conseguiré una bicicleta nueva y un pequeño puesto para que puedan vender pan, si están de acuerdo.
La madre lo miró asombrada.
—¿Por qué a nosotros?
—Porque ustedes ya tienen lo más valioso: la esperanza. Yo solo voy a invertir en ella.
Con el tiempo, el pequeño puesto de pan se convirtió en una panadería alegre donde el barrio entero compraba. La niña llegaba puntual a la escuela con su bicicleta nueva, y su hermano ayudaba en la tienda. Don Ernesto, que antes solo corría detrás del dinero, empezó a visitar a más familias y a apoyar pequeños negocios.
—Descubrí —decía a quien quisiera escucharlo— que la mejor inversión no es en edificios ni en máquinas, sino en la esperanza de las personas. Porque cuando alguien cree en sí mismo, todo el barrio se ilumina un poco más. Y así, paso a paso, don Ernesto se convirtió en el empresario que apostó por la esperanza.
La esperanza es como una semilla pequeña que, si alguien la riega con confianza y ayuda sincera, puede convertirse en un árbol grande que da sombra y fruto a muchos.
El dinero y las cosas materiales son importantes, pero no valen nada si se usan solo para uno mismo y no para mejorar la vida de los demás. Cuando compartimos lo que tenemos y creemos en los sueños de otros, todos crecemos un poco más.
A veces, las personas que menos tienen son las que más fuerza y esperanza guardan en su corazón. Si las escuchamos y las apoyamos, descubrimos que la verdadera riqueza está en las personas, no en los relojes, los edificios ni las cuentas del banco.
La moraleja es: quien invierte en la esperanza y en los sueños de los demás, nunca pierde; al contrario, gana amigos, alegría y un barrio más luminoso.

